Que nos hemos dejado confinar en su estrechez, que servimos como gleba a sus intereses, que nuestro rasgo cultural es el miedo y la cobardía, y que hemos asumido sus preceptos sin más, así como así, que nos han pegado a una cinta de obediencia que conduce al olvido.
El silencio atravesado a ratos por el rugido de un coche, es una densidad pesada que contiene el trino de los pájaros. Contra el borde de esa densidad de confinamiento, un huevo fresco espuma borbotones en la sartén, mientras el aroma del café se extiende ,entre la discreta luz de la cocina, como el trazo preciso en la superficie de un lienzo. Son las 5 y 27 de una mañana limítrofe con un horizonte del que me han despojado, otra más. Enciendo el ordenador, y a los pocos minutos, la imagen del Conejo (Rabbit) en acero inoxidable más caro de la historia continúa donde la dejè ayer noche prendida a un interrogante.¿ Què circunstancias conducen a un hombre a entrar en Christie's, una mañana neoyorquina, y desembolsar 90 millones de dólares por un un metro de conejo de acero inoxidable?
Hay que hacer notar que me refiero a un sujeto multimillonario, a un coleccionista sagaz y de gusto educado, a un individuo difícil de engañar.
Pero, el arte, como la política, tiene cierta inclinación por personajes fraudulentos que, amparados por curadores oportunistas y asesores entregados en no pocas ocasiones a un golpe de suerte, emergen desde un fondo de reptiles creando banalidades sin sustancia. Con temeridad y sin sonrojo alguno, crean obras absurdas sin el más mínimo valor artístico que llenan de una densidad narcótica para que, a golpe de macillo, un marchante sin escrupúlos las venda por millones de dólares.
La habilidad para la fusión del valor simbólico y el económico se encarga de hacer el resto de un trabajo, a consecuencia del cual, hasta los más sagaces coleccionistas caen en la trampa del acceso a una nueva categoría del prestigio.
Uno de esos personajes es Jeff Koons, el pintor post- pop para quien el objeto artístico no tiene valor más allá de enfrentar al espectador con sus posibilidades, pero sí un coste, claro. El artista de minneapolis es una creación de los 90, años en los que fluía el dinero de nuevos ricos, la edad de oro de la bolsa americana, para hacer pasar por arte verdaderas atrocidades que no son más que una montaña de basura.
Otro, para nuestra desgracia, es el político madrileño Pedro Sánchez, mezcla de chabacanerìa de barrio y mercachifles bien vestido cuyo único mérito, pero qué mérito, es tener un carcaj repleto con las flechas afiladas del odio, del rencor y la venganza, y estar dispuesto a dar en el blanco con todas y cada una de ellas.
La apropiación y el expolio son algunas de las comunes señas de identidad que han sabido convertir en ventajas.
En cierto modo emplean tácticas similares basadas en la supervisión al detalle de una organización fordista del trabajo, y ambos se rodean de una troupe de aduladores que resaltan la originalidad de unas ideas hurtadas , como son entre otras : “sentir las posibilidades de la transformación en busca de una conciencia mayor, enfrentarse al fetiche para crear una experiencia absoluta y una suspensión del juicio,crear un lugar metafísico en el que el espacio y el tiempo se expande en el eres capaz de conectar con otra dimensión en el que evitar los juicios segregados y alienado, en el que todo es perfecto tal cual es" y un largo etcétera.
Todo en Koons y en Sánchez es fraudulento. Uno y otro carecen de la más mínima grandeza, uno y otro son codependientes de sus potenciales compradores, pero ambos, son el el fiel reflejo de la cultura que los sustenta y que los ha creado. Representan el Zeitgeist, el espíritu de un tiempo, de eso que Hegel denominaba astucia de la razón, es decir, de la forma en la que los eventos aparentemente aleatorios o anómalos se convierten en piezas de un diseño histórico más amplio.
Son la sal de la tierra de un clima cultural y económico devastado por la mentira, el síntoma de una era definida por el plagio y la parodia.
Mientras desayuno, pienso que nos hemos dejado confinar en su estrechez, que servimos como gleba a sus intereses, que nuestro rasgo cultural es el miedo y la cobardía, y que hemos asumido sus preceptos sin más, así como así, que nos han pegado a una cinta de obediencia que conduce al olvido.
La imagen del conejo se desvanece en un click de ratón. En otro, leo al profesor Stephen Greenblatt, que escribe que Shakespeare era pesimista acerca de la solución médica a la plaga de peste que asoló su tiempo y, que debido a ello, centró su atención en una plaga diferente:” He focussed his attention instead on a different plague, the plague of being governed by a mendacious, morally bankrupt, incompetent, blood-soaked, and ultimately self-destructive leader", es decir,
" la plaga de ser gobernado por un líder mendaz, moralmente en bancarrota, incompetente, empapado de sangre y, en última instancia autodestructivo"
A eso nos enfrentamos. No nos rindamos sin luchar. No dejemos de mirar: Hay otros trazos, entre otros muchos, el que ha gestado la belleza de la liebre de Durero.
Pasará. Javier Ruibal.
Let's be careful out there.
Pasará. Javier Ruibal.
Let's be careful out there.
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