Antes vivían sobre la tierra las tribus de hombres sin males,
sin arduo trabajo y sin peligrosas enfermedades…
Pero, Pandora quitando con las manos la tapa de la caja,
los espació y ocasionó penosas preocupaciones a los hombres.
Solo allí permaneció la esperanza, en infrangible prisión, bajo los bordes de la caja…
(Hesiodo, Los trabajos y los días)
Mientras aguardaba el borboteo del café, frente al ventanal de la cocina, un nuevo amanecer extendía su espacio sobre el perfil del horizonte. La luz se fue dilatando, de forma paulatina adquirió cuerpo, impuso su latido ajena a la tristeza y la felicidad de los hombres, ajena a mi. Cabalgando la noche, dibujó un borrador sobre el perfil de los edificios, fijó con breve trazo, como en escorzo, la posibilidad de un nuevo tal vez.
Absorto, me demoré en la contemplación de su alucinación de acero, en sus matices de presagio, y enredado entre su nebulosa, dejé que me poseyera, fascinado, la visión de una escuadrilla de Migs-21 que en perfecta formación en V se desplegaba delante de mis ojos.
La estela de los aviones generaba un espacio blanquísimo, un lugar previo a todo, un hueco en el que se escondía la promesa de una forja. ( Una forja tiene una fragua que calienta el metal, un yunque, y un recipiente en el que se enfrían las piezas forjadas para templarlas ). Entonces, imaginé que èramos capaces de forjar y templar un anillo poderoso que nos hacía invencibles al desánimo, que nos volvía más solidarios, más conscientes del valor de los pequeños detalles con los que la vida nos alerta de su frágil belleza, que nos advertía de la poderosa hermandad que se oculta entre la risa y el llanto, del valor incalculable de cada beso, de cada caricia, de cada abrazo que nos damos. Un anillo que nos enseñara, de una vez por todas, la importancia de todo aquello que merece realmente la pena, de que no" hay nada regalado"( Walter Bonatti) y de que a la hora de tomar decisiones o calcular riesgos ,la razón se impone siempre al desatino purulento que supuran las ideologías. Un anillo forjado con el dolor y el grito de un planeta que se agota y quiere respirar. Un anillo cuyo precio no es la renuncia al amor, exigido al nibelungo Alberich, sino el compromiso, la responsabilidad y el goce inteligente con lo que nos hace disfrutar. Es decir un anillo ético y estético templado con el corazón, la cabeza, y con las manos que nos humanizan. Los Migs que he visto no surcan ningún cielo, atraviesan nuestro corazón y lo devoran. En la estela que dejan está el misterio , nuestra oportunidad, y nuestra esperanza.
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