sábado, 15 de febrero de 2020

Mnemosyne

Naturaleza muerta con Palimpsesto.

Ningún de vós se achegarà a ningunha  persoa consanguínea para lle descubri-la súa nudez
Levítico  18, 6.






Una mesa puede ser una invitación,un  ágape que lentamente se dilata en el regocijo del encuentro, un topos de memoria cultural,una naturaleza muerta plena de evocaciones. Todo esto es Ada ou cómo contar Unha novela ,performance que firman María Roja y María Chiginskaya y que tuvo lugar el jueves día 13, na Casa do Saber lucense, dentro del ciclo “ Xoves de Moda” del Lubicán.
En torno a una mesa transcurre esta magnífica pieza teatral: experimento dramático sobre la memoria y sus laberintos surgido durante  el lento proceso de restablecimiento de una enfermedad, e inspirado en el novela de Nabokov Ada o el Ardor. Para que el mecanismo dramàtico funcione resulta necesario  que el espectador selle un pacto con los silencios del discurso  asumiendo las inferencias esparcidas a lo largo de la obra en múltiples intersecciones, y se imbuya de todo lo que se muestra. 
Ya en  el inicio, María Roja, cual Virgilio, nos guía desde el Vestíbulo a  la planta subterránea de la Domus Do Mitreo, donde se nos explica brevemente la historia de  diferentes elementos de la época romana que salieron a la luz tras la excavación, recurso dramático para llevarnos al Averno de nuestra memoria. 
Siguiendo  la huella  lorquiana de "comedia sin título"  con la irrupción en escena del" espectador", dejada a modo de indicio  ( sutil resorte dramàtico ) en la arena romana, remontamos las escaleras amarillas que conducen  a la Antitierra. Traspasado el umbral, enfrentamos una mesa repleta de objetos sometidos a presiones culturales poderosas. Cuencos con frutas del bosque, una tetera, dos pocillos, una hogaza de pan y  un  par de libros,  dialogan  con dos mujeres impregnandose con ellas.
A medida que el tiempo humano fluye en torno a ellos, puliéndolos y manejándolos  a través de actos concretos de atención y de siglos en los que toda una coyuntura  ha ido segregando su familiaridad, somos partícipes del caos generoso del que las dos protagonistas  rescatan sus recuerdos.
Son objetos conocidos, primordiales , pertenecen al “aevum “, ese tiempo que tiene un principio pero no un final. 
El montaje, a modo de trompe l’oeil,  favorece el engaño , pues nuestra  visión no se encuentra con los objetos esperando, sino que tropieza con ellos de modo accidental. Lo que está hecho en el momento presente “sopla en la cumbre del pasado”. No pude evitar “ El Espejo” de Andrei Tarkovsky, un film extraordinario, magia visual de evocaciones continuas  de sentimientos y recuerdos.

Es sabido que las  asociaciones sinestésicas favorecen la memorización de conceptos abstractos al vincularlos con realidades sensibles. Así sucede  con el pan de  pasas convertido en Victoria ( Masha huele literalmente la victoria), con  la agria melancolía del yogurt ácido endulzado con fresas y arándanos, con todos  los recuerdos incrustados en su memoria, en el orgullo del alma rusa.
 La yuxtaposición de voces con dos discursos narrativos en paralelo ,brillante desdoblamiento, la práctica de un ejercicio de partitura gestural ( pura tarea actoral) en la escena de la memorización de un poema, el trabajo mímico en la reproducción de  gestos sobre un fondo documental, nos remiten a la alargada sombra  especular de nuestra verdad personal, nos invitan a restaurar nuestro pasado recobrado en detalles devolviéndolo al presente. 
Decía Bernard Shaw, que el “teatro es un factor de pensamiento, un incitador de la conciencia, un esclarecedor de la conducta social, una armadura contra el desespero y la oscuridad, y un templo de la elevación del hombre”. María Roja y María Chiginskaya asumen esta función clásica del teatro manteniendo  la fuerza de su espíritu creador.  
Lo único que no me ha gustado es el final. Hubiera bastado con respetar el pacto establecido al principio de la representación. El lenguaje corporal había sido convincente; lo orgánico poderoso. El mecanismo encajaba, estaba dotado de sentido. Como espectador, había comprendido  todas las inferencias mostradas durante la función, todo el universo de referentes sobreentendidos había sido aceptado. No eran necesarias las injerencias.
 Aplacen el té que aguarda reposando  en el  samovar  y vayan  a verla.
Alexander Scriabin. Preludios Op 11.

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